Razón
de ser del Nombre
Adventistas: Porque creen
en el pronto advenimiento del Señor Jesucristo a la tierra, para
establecer su reino
eterno de justicia, paz y amor.
Los adventistas anhelan el regreso de Jesús porque lo
consideran el único
y suficiente Salvador de la humanidad.
Del Séptimo Día: Porque si bien
confían por fe en los méritos de Cristo como exclusiva fuente de
salvación, creen firmemente que esa fe en Dios se manifestará en
la feliz obediencia a su Decálogo de amor, los diez Mandamientos;
y no pasan por alto el mandamiento que prescribe la observancia
del séptimo día de la semana, el sábado, como día de reposo cristiano,
tal como lo hicieron el Señor Jesucristo, los apóstoles y la iglesia
cristiana de los primeros siglos.
Resurgimiento de verdades olvidadas
La historia secular y la historia del cristianismo
confirman que a partir del siglo II de la era cristiana, la iglesia
comenzó a sufrir un proceso de secularización que se inició con
la helenización (introducción del pensamiento griego pagano) del
cristianismo y, consecuentemente, el abandono de algunas doctrinas
cardinales.
Aunque el período de gradual empobrecimiento del cristianismo se extendió
por diecisiete siglos, con excepción de algunos atisbos de recuperación
durante la Reforma del siglo XVI, siempre hubo cristianos que no
se dejaron envolver por esa ola secularizante. Ello posibilitó que
desde fines del siglo XVIII eclosionara, en distintas latitudes
del planeta, un movimiento que comenzó por restaurar una de las
verdades centrales: La segunda venida de Cristo, como epílogo feliz
de la historia de la redención. Precisamente, tal como lo había previsto la
presciencia divina según lo registrara el profeta Daniel (caps.
8:14 y 9:24-27), debía suscitarse el renacimiento de verdades fundamentales
del cristianismo apostólico que habían quedado sepultadas por siglos
de filosofías humanas.
Ese movimiento adventista agrupó a investigadores y divulgadores de envergadura
en casi todos los continentes. Se
mencionarán algunos. En primer lugar el sacerdote jesuita chileno
Manuel Lacunza y Díaz (1731-1801), autor de una formidable obra
titulada "La venida del Mesías en gloria y majestad", concluída
en 1790, pero cuya circulación fragmentaria se rastrea a partir
de 1785. ¡Fue tal el impacto que causó que pronto se tradujo a varios
idiomas! El escocés Edward Irving (1792-1801),
la tradujo al inglés. Otros adalides del resurgimiento adventista
fueron: los anglicanos John Hooper en Londres y Daniel Wilson (1778-1858),
obispo de Calcuta, en la India; Joseph Wolff (1795-1862), judío-alemán,
divulgó la doctrina del advenimiento en Palestina, Mesopotamia,
Arabia, Egipto, Persia, Crimea, Georgia, Turquía, Turquestán, Afgnistán,
Cachemira, Etiopía,y en algunas ciudades de Europa y América del
Norte; el movimiento pietista sueco de 1842-1843; William Miller
(1782-1849), bautista, fue uno de los grandes predicadores de la
segunda venida de Cristo en los Estados Unidos de Norteamérica;
lo secundaron Charles Fetch, presbiteriano de Cleveland, y Josías
Litch, pastor metodista de Filadelfia. A ellos se sumaron centenares
de pastores y miembros de diversas congregaciones, todos animados
por la “esperanza bienaventurada” (Tito 2:13), según expresión del
San Pablo.
La envergadura del movimiento adventista quedó evidenciada por la cantidad
y calidad de escritores que se ocuparon de este tema entre 1800
y 1850: 62 autores en Europa y 52 en América.
Raíces
Argentinas
El movimiento adventista, notablemente agitado por la circulación de la
obra del padre Lacunza, tuvo amplia repercusión en toda la América
Latina, desde la Habana hasta el Cabo de Hornos.
En el Río de la Plata admiraron al jesuita chileno: Ambrosio
y Gregorio Funes en Córdoba; el canónigo Juan Ignacio de Gorriti
en Salta; el Pbro. Dr. Pedro Ignacio de Castro Barros, riojano;
Domingo Faustino Sarmiento, sanjuanino; el Dr. Manuel Belgrano,
porteño, tuvo tanto entusiasmo por La venida del Mesías en gloria
y majestad que, con la colaboración de algunos amigos, financió
una fina edición, en cuatro tomos, que se imprimió en Londres en
1816.
Siguiente  |